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Las acciones humanas

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¿Cómo adquieren los hábitos el poder de dominar tiránicamente la conducta de los seres humanos? Toda acción humana –ya sea que se manifieste exteriormente, como un movimiento físico, o internamente, como el acto de pensar- representa un voto a favor de un determinado hábito.

Cada acción o pensamiento específico, por lo tanto, incrementa, al repetirse, el número de votos favorables a la elección del correspondiente hábito para asumir un puesto en el gobierno corporal.

Mantente en guardia en contra de la primera ejecución de una acción errada, ya que aquello que ejecutes una vez, tenderás a repetirlo. Cual una bola de nieve rodando cuesta abajo, un hábito crece y se fortalece por medio de la repetición.

Aplica, pues, la razón en todos tus actos; de lo contrario, te convertirás en el impotente esclavo de hábitos indeseables.

Todo mal hábito poderoso engendrará el caos y la aflicción. Muchas personas que beben en exceso o fuman en demasía, no procuran –ni tampoco lo desean siquiera- liberarse de estas compulsiones tiránicas.

Piensan equivocadamente que, puesto que no experimentan de inmediato las dolorosas y decepcionantes consecuencias de sus actos, tales actos no son en verdad perniciosos.

Cual niños, estas personas son incapaces de prever las consecuencias de sus acciones. No comprenden que han puesto en movimiento leyes que funcionan de manera imparcial y que le beneficiarán o dañarán, conforme a la naturaleza de las acciones humanas que las activaron.

Ni comprenden tampoco que, aunque las piquetas de los hábitos nocivos excavan con lentitud, inevitablemente van preparando una honda y prematura tumba, y que esa fosa, desbordante de aflicción, es el fin hacia el cual se encamina el esclavo de los malos hábitos, acosado por las abrasadoras llamas del dolor.

Así como, mediante la continua repetición de determinadas acciones, hemos creado nuestros hábitos presentes, debemos deshacernos de nuestros hábitos nocivos de igual forma: a través de un esfuerzo constante, acompañado del uso constante del poder de la voluntad y del discernimiento.

Procura que tus acciones se relacionen con nuevos hábitos superiores. Asegúrate de que se mantengan ellas en todo momento ocupadas, interesadas y dedicadas a servir atentamente a tus buenos hábitos y a confraternizar con otras acciones positivas.

Pero no te desanimes si tus actos, bajo la influencia del hábito comienzan a buscar nuevamente la compañía de sus peligrosas amistades del pasado. Persevera, en cambio, en la ejecución de las acciones correctas, concediéndoles suficiente tiempo y acción.

Incluso un mal hábito requiere de tiempo para alcanzar la supremacía. ¿Por qué impacientarse, pues, si su rival, el hábito opuesto demora en desarrollarse? En lugar de dejarte desanimar por tus hábitos indeseables, deja simplemente de alimentarlos, evitando así que se fortalezcan mediante la repetición continua.

La formación de un nuevo hábito tarda un tiempo variable, conforme al sistema nervioso y al cerebro de cada individuo, y depende principalmente de la profundidad de nuestra atención.

Mediante el poder de una atención profunda, entrenada en el arte de la concentración, es posible establecer a voluntad cualquier hábito –es decir, grabar nuevas «órdenes» en el cerebro- prácticamente en forma instantánea. Quien habitualmente ejecuta buenas acciones, fortalece su voluntad de continuar llevando a cabo buenas obras, creciendo así en virtud sin gran esfuerzo.

Pero quien es esclavo de los malos hábitos pervierte su voluntad y su capacidad de razonar, de manera que, con el tiempo, no sólo será incapaz de crear nuevos buenos hábitos, sino que habrá debilitado también su control sobre cualquier buen hábito que haya tenido inicialmente.

El gobernar nuestras acciones conforme a los dictados de un discernimiento intuitivo, encauzado por la sabiduría, que no se deja influenciar por buenos o malos hábitos, confiere una voluntad de potencia ilimitada. Una persona que ejerce este poder puede ya sea grabar instantáneamente en su cerebro un nuevo hábito, o destruir a voluntad un hábito establecido.

Un hombre sabio y verdaderamente libre evita el error y hace el bien no a causa de la fuerza compulsiva de sus hábitos, sino porque elige libremente obrar así, movido por su propia razón. Tal persona no se deja dominar ni siquiera por un buen hábito ya que, de lo contrario, ello podría impedirle ejercer plenamente su discernimiento en la elección de sus actos.

Un buen hábito puede, en ocasiones, subsistir simplemente porque nunca se ha visto expuesto a tentación alguna capaz de deponerlo.

Tales buenos hábitos, establecidos de esta forma, no se encuentran necesariamente arraigados permanentemente en la naturaleza de una persona, puesto que su sobrevivencia ha sido el resultado de meras circunstancias favorables y no así del ejercicio del discernimiento y la razón en la elección de las acciones.

¿A qué se debe que, en ocasiones, actúes o reacciones de una manera opuesta a tus verdaderos deseos? Al hecho de que, durante un determinado periodo, has cultivado ciertos hábitos que antagonizan aquellos deseos; tus acciones, como consecuencia, tienden a apoyar automáticamente dichos hábitos. Para cambiar la situación, deberás establecer primeramente aquellos hábitos que inducirán a tus actos a sustentar tus verdaderos ideales.

El hábito es un mecanismo automático. Su objetivo es permitirnos ejecutar ciertas acciones sin la necesidad de ejercer el esfuerzo mental y físico requerido comúnmente para llevar a cabo aquellos actos que son nuevos para nosotros. Cuando este mecanismo es mal empleado, sin embargo, llega a convertirse en nuestro peor enemigo, en una amenaza para la ciudadela del libre albedrío.

Obra en forma práctica. Procura, desde hoy, conquistar los hábitos hostiles que se ocultan en tu interior, disfrazándose como atracciones y repulsiones relacionadas con el ambiente que te rodea.

Debes deponer dichos hábitos, entonces dispondrás de la libertad de basar tu conducta sólo en la razón. No eres tus hábitos; líbrate del engaño de identificarte con ellos y recordarás tu verdadero Ser: la perfecta imagen de Dios que mora en tu interior.

Paramahansa Yogananda

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